Relativismo lingüístico
Michael Leahy llegó a la isla de Papúa Nueva Guinea en 1930 atraído por la fiebre del oro. En su ardua labor de explotar los recursos naturales de los pueblos nativos, Leahy se encontró con que entre las cordilleras de la isla vivían miles de nativos con los cuales no se había tenido contacto aún.
El explorador, al entrar en contacto con los isleños, definió en su diario como un “mascullido” al lenguaje que tenían los indígenas de allí. En la isla de Papúa Nueva Guinea existían alrededor de ochocientas lenguas distintas, por lo cual, llamarle “mascullido” no era más que pura ignorancia.
Este episodio me pareció interesante la primera vez que lo leí en el libro El instinto del lenguaje de Steven Pinker, donde él mismo narra este hecho y luego añade un comentario que me parece más que importante para empezar a abordar la cuestión del relativismo lingüístico:
Este episodio ha ocurrido muchas veces a lo largo de la historia de la humanidad, cada vez que dos pueblos se hayan encontrados. Por lo que se sabe, todos ellos tenían ya un lenguaje, los hotentotes, los esquimales, los yanomami… Jamás se ha descubierto una tribu muda, ni se tiene constancia de que existan regiones que hayan servido como “cuna” de una lengua transmitida luego a grupos desprovistos de ella.
El comentario de Pinker puede parecer obvio para los lingüistas, pero quizás para los hablantes inocentes es más complicado de entender y esto se debe a las constantes históricas sesgadas que han llegado hasta nosotros hoy día.
Un ejemplo cotidiano podría ser el de la colonización de la hasta entonces conocida por algunos pueblos indígenas como Abya Yala en 1492. Basta con poner el debate sobre la mesa para que tarde o temprano aparezca el típico comentario de “nosotros les dimos una lengua”, obviando de esta manera que, por ejemplo, en la isla de Aytí, llamada posteriormente por los colonos como La Española, ya existía una lengua materna, la taína, que se hablaba en distintos puntos geográficos como las Antillas Mayores, las Bahamas y algunas zonas de Florida. Así pues, el castellano tiene una extensa lista de voces taínas que sirvieron para nombrar “eso” que aún era desconocido para ambos mundos.
Por mencionar otro ejemplo de la diversidad lingüística antes de la colonización de América, J. H. Greenberg, en su hipótesis sobre la clasificación de las lenguas a través de un método de comparación léxica estableció la familia amerindia, que es el conjunto de lenguas habladas en América. Él lo agrupa en seis ramas: Ameríndio septentrional, Amerindio central, Chibcha-páez, Andino, Ecuatorial tucano y Ge-pano-caribe. Aún así esta hipótesis genera problemas, y hay autores que apuestan por más de un centenar de familias lingüísticas amerindias.
Dejando a un lado esta cuestión de ignorancia lingüística-histórica, me centraré en desarrollar el tema que nos atañe, dígase el del relativismo lingüístico, que nace del determinismo lingüístico; el relativismo lingüístico sería “el hijo moderno” del determinismo.
El relativismo lingüístico sostiene que las diferencias entre lenguas son responsables de las diferencias en la forma de pensar de los usuarios. Por esta lógica y siguiendo la tradición de la escuela de Boas podríamos decir que el pueblo mapuche no conoce la muerte tal como la conoce el pueblo europeo, pues en la lengua mapuche no existe la palabra “muerte”: en la lengua mapuche no existe la palabra “muerte” para describir ese estado en las personas. Cuando alguien muere, se dice “mapulugün”. “Mapulugün” es volverse territorio–vida.
¿Acaso no mueren los mapuches igual que los cristianos europeos? ¿Acaso no acabamos en tierra, humo, polvo, nada?
Otro término que me encandila, y me parece perfecto para desafiar la errónea concepción de que la lengua condiciona el pensamiento, es un vocablo que viene del portugués y yo tuve la oportunidad de escuchar por primera vez en la nostálgica voz de Cesaria Evora, “sodade”, a veces transcrito al castellano como saudade. Este término ha suscitado muchos problemas a la hora de traducirlo, según la definición de Cesaria sería un sentimiento «mucho más grande que la nostalgia», otros lo intentan definir como “ un sentimiento afectivo primario, próximo a la melancolía, estimulado por la distancia temporal o espacial a algo amado y que implica el deseo de resolver esa distancia. A menudo conlleva el conocimiento reprimido de saber que aquello que se extraña quizás nunca volverá”.
Sin duda alguna, es un vocablo que nos ha resultado difícil de definir, pero todos podemos intuir a qué se refiere, todos, hablantes nativos del portugués o no, sabemos lo que es sentir la nostalgia en carne viva.
También podríamos mencionar los experimentos de Benjamin Lee Whorf, quien habló del concepto del tiempo que tienen los hopi de una forma paternalista y luego fue demostrado el error en sus hipótesis, o bien, los experimentos que se han hecho con los colores y la forma en la que los concebimos extralingüísticamente:
En uno de los típicos experimentos se pedía a los sujetos que intentaran recordar manchas de color y luego se les sometía a una prueba de elección múltiple. En algunos estudios, los sujetos mostraban un mejor recuerdo de aquellas manchas de color que eran más fáciles de nombrar en su lengua. Sin embargo, lo colores que carecían de nombre también se recordaban bastante bien, con lo que el experimento no demuestra que los colores se recuerden exclusivamente en virtud de sus éticas verbales.
Teniendo en cuenta estos ejemplos, y los demás avances científicos sobre el conocimiento cognitivo, además de que no hay pruebas científicas de que las lenguas determinen la forma de pensar de los usuarios, ergo su realidad, me parece errónea la idea del relativismo lingüístico.
(Artículo recuperado de mi archivo de reflexiones lingüísticas, 2018).
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