Rosario Castellanos: otro modo de poetizar la maternidad
Introducción
El presente trabajo aborda la crítica a la maternidad como destino biológico impuesto a la mujer a través de mecanismos de subordinación culturales y sociales en distintos textos de la poeta chiapaneca Rosario Castellanos, centrando el foco de atención, sobre todo, en el poemario En la Tierra de en medio, de la recopilación poética Poesía no eres tú.
En primer lugar, analizaremos varios poemas y profundizaremos en cómo la autora cuestiona el modelo canónico de la maternidad mediante mecanismos textuales como la recreación y cuestionamiento de los valores enseñados por su propia madre. De modo similar, relacionaremos cómo la escritora vive en sus carnes la maternidad de su hijo Gabriel.
Antes de adentrarnos en la poética de la maternidad, es necesario precisar que Castellanos no cae en la polarización de los arquetipos “buena madre” y “mala madre”; más bien ella se ubica “en la tierra de en medio”. Señala Alfonso González, con relación a su cuentística, aunque puede extenderse a su poética, lo siguiente:
Los personajes de Rosario Castellanos no caben dentro de la ecuación simplista débil/bueno y poderoso/malo. Estos son seres humanos con carencias, virtudes y necesidades y frecuentemente tiranizan a otro más débil en su familia o grupo social, que a su vez hace lo mismo con alguien más feble creando así un vínculo vicioso (González, 1980, pág. 83).
ROSARIO CASTELLANOS: OTRO MODO DE POETIZAR LA MATERNIDAD
Partamos de la pregunta que formula Jorge Guillén al examinar varios poemas de San Juan de la Cruz: “¿Qué nos proponen o, más bien, ¿qué son estos maravillosos poemas? […] ¿Estos poemas son algo más? Entendámonos: ¿Algo más extrapoético?” En nuestro caso, ¿qué simbolizan los poemas de Rosario Castellanos y qué tienen que ver con su recurrente denuncia de la subordinación de la mujer mexicana a través de la maternidad1? Ella misma dice, en un artículo que dedica al poeta José Emilio Pacheco:
¿Qué sensación, qué vivencia suscita la verdadera poesía? Fundamentalmente el asombro. Lo que la poesía revela son ciertos aspectos de la realidad, evidentes pero que nunca antes habíamos advertido o que, a fuerza de verlos, ya habíamos olvidado (Castellanos, 1963).
Así pues, expondremos la realidad extrapoética de la maternidad en los poemas de Rosario Castellanos recogidos en la edición Poesía no eres tú2. Seguiremos tres ejes temáticos: la regla de oro, la maternidad y la búsqueda de otro modo de ser.
La grieta en el modelo: Rosario Castellanos
Rosario Castellanos Figueroa nace en la actual Ciudad de México el 25 de mayo de 1925. Su labor literaria abarcó distintas temáticas y géneros: la narración, el ensayo, el periodismo y la poesía. En todas sus facetas como escritora estuvo comprometida con la denuncia de la subordinación de la mujer mexicana en el ámbito familiar y social. Entre sus obras más destacables —de corte feminista— tenemos Mujer que sabe latín, Álbum de familia, El eterno femenino, etc.
Como ya he señalado, la maternidad es uno de los temas más recurrentes en su producción literaria. Los siguientes poemas se trabajan como parte de la proyección del «yo poético» y, al mismo tiempo, como un «yo autobiográfico». Las teóricas feministas explican la experiencia maternal como un hecho que está íntimamente relacionado con el quehacer literario; por esto no es descabellado compararlo con la poética de Castellanos:
La historia de las mujeres situó de una manera distinta a la maternidad, poniendo en el centro la experiencia de las madres, ligada al estatus social de la maternidad e inscrita en el cuerpo de las mujeres. Con nuevos métodos, como la historia oral o las historias de vida, se inicia la reconstrucción de la experiencia de las mujeres-madres, trabajando un concepto de la memoria como una estructura conformada tanto por el contexto social como por las trayectorias individuales y por la oposición entre el pasado y el presente (Verea, 2005, pág. 40).
Este apunte sobre la reconstrucción de las memorias maternofiliales3nos sirve para revalorizar el matiz autobiográfico en los poemas:
En todas las obras y en todos los géneros que cultivó, Castellanos usó anécdotas y experiencias personales cuyos paralelismos con su biografía han sido señalados por la crítica. Este tipo de elementos autobiográficos, sin embargo, al estar subordinados a las reglas del mundo de ficción en que se insertan, se presta a debatir hasta qué punto pueden ser leídos como si se tratara de una autobiografía. Lo que sí no se puede debatir es el derecho a leer de este modo los varios textos explícitamente autobiográficos escritos por Castellanos, es decir, los textos en los que admite ser ella misma el referente externo del yo poético (Salgado, 1988).
De esta manera, se puede elaborar una genealogía poética de la maternidad que comprende la abuela, la madre y el hijo.
La regla de oro: relación entre madres e hijas
En varias entrevistas Castellanos comparte el papel fundamental que tuvo su madre en la crianza y enseñanza de valores que ella plasma en sus poemas y textos:
Desde pequeña mi madre me decía: “Alguna vez te vas tener que a casar con un hombre porque si te quedas sola, eres la nada pura. Los hombres son unos monstruos. No te debes querer casar. No debes querer tener hijos porque los hijos son un dolor espantoso, porque los hijos se mueren, porque se van. El valor supremo es el matrimonio y es la maternidad”. Pero, además—continúa diciendo Castellanos— no me lo decía porque era su caso, sino porque así se les enseña a las hijas (Rosario Castellanos, 2016).
Este relato nos revela una situación que es común en muchas familias: el sexismo transmitido de madres a hijas debido a que son las madres las encargadas de la crianza. En palabras de Bell Hooks: “Todas han sido socializadas para aceptar el pensamiento sexista patriarcal” (Hooks, 2017, pág. 99). Y, precisamente, este pensamiento subordina a la mujer dejándole dos únicos destinos que Rosario Castellanos —claramente influenciada por la conciencia feminista y lecturas de feministas contemporáneas como Simone de Beauvoir —cuestiona: matrimonio y maternidad.
En Mujer que sabe latín habla de que lo más inhumano, lo eterno e invariable es eso a lo que llamamos “costumbre”. Siguiendo esta línea de pensamiento, la autora nos muestra los ideales construidos por las sociedades patriarcales y asumidos por las madres. Esta denuncia está presente en “Economía doméstica”, donde “la regla de oro” reside en el orden del hogar4, que por costumbre se enseña de madres a hijas:
He aquí la regla de oro, el secreto del orden:
tener un sitio para cada cosa
y tener
cada cosa en su sitio. Así arreglé mi casa.
[…]
Esto me desazona. Siempre digo: mañana…
y luego olvido. Y muestro a las visitas,
orgullosa, una sala en la que resplandece
la regla de oro que me dio mi madre.
Tampoco debemos olvidar que un buen ángel o hada del hogar es virgen o, por lo menos, conservadora. Sin embargo, en Mujer que sabe latín, Castellanos se opone a esta pureza idealizada:
La virginidad: ¿Por qué la preservamos y cómo? ¿Interviene en ello una elección libre o es solo para seguir la corriente de opinión? Tengamos el valor de decir que somos vírgenes porque se nos da la real gana, porque así nos conviene para fines ulteriores o porque no hemos encontrado la manera de dejar de serlo. O que no lo somos porque así lo decidimos y contamos con una colaboración adecuada. Pero, por favor, no sigamos enmascarando nuestra responsabilidad en abstracciones que nos son absolutamente ajenas como lo que llamamos virtud, castidad o pureza y de lo que no tenemos ninguna evidencia autentica (Castellanos, 1979, pág. 40).
Este planteamiento se refuerza en “Pequeña crónica”: “¿Te das cuenta? Virgen a los treinta años ¡y poetisa! Lagarto” (283). También aparece en el cuento “Lección de cocina5”. En suma, como ella misma dice: “El ámbito en el que transcurre la existencia femenina es el de la moral —cuando se reconoció su alma— y biológico —cuando se estableció su cuerpo—” (Castellanos, 1979, pág. 21).
Si las creencias inculcadas en torno a la castidad le parecen “cursis”, “ridículas” y “obsoletas” (Castellanos, 1979, pág. 39), el matrimonio se vuelve una condena esclavizante. Así lo demuestra en su poema “Malinche”, figura polémica, considerada durante muchos años como una traidora del pueblo mexicano.
En el poema hay dos ambientes: el doméstico y el público. En el ambiente doméstico, la voz lírica sitúa a la madre en “el sillón del mando”, sitio de autoridad que pertenece a la figura del padre. No obstante, este lugar no lo ocupa él porque ha sido asesinado. La voz de la progenitora anuncia la muerte del padre mientras se deja caer en los brazos del “usurpador”, “el padrastro”, y ambos se convierten en “los cómplices” del asesinato. Esta es la primera traición que, desde mi punto de vista, se relaciona con la figura histórica de Malinche.
En el ambiente público, “la Plaza de los Intercambios”, su madre vuelve a anunciar una muerte, pero esta vez se trata de la muerte figurada de la hija causada por el matrimonio. El hablante lírico despliega la subjetividad femenina y acusa a la madre de darla a luz “en tálamo legítimo”, es decir, desde el momento de su nacimiento ya estaba destinada al matrimonio:
Arrojada, expulsada
del reino, del palacio y de la entraña tibia
de la que me dio a luz en tálamo legítimo
y que me aborreció porque yo era su igual
en figura y en rango
y se contempló en mí y odió su imagen
y destrozó el espejo contra el suelo.
Esta es la segunda traición. La revisión histórica de la Malinche, llevada a cabo por las feministas mexicanas del siglo XX, y en la que participó Rosario Castellanos6, matiza la traición: fue una víctima de su pueblo y por eso se vengó de ellos.
La madre, aunque traidora, aborrece a su hija porque reconoce que “era su igual en figura y en rango”. En resumidas cuentas, la aborrece porque la hija está educada — por la madre— para cumplir el mismo rol en la sociedad que ella: ser esposa y madre. En palabras de Simone de Beauvoir: “En una hija […] la madre proyecta toda la ambigüedad de su relación consigo misma; y cuando se afirma la alteridad de este alter ego, se siente traicionada” (Beauvoir, 2015, pág. 672).
¡Ahí lo tenemos! La doble traición reencarnada en la figura de Malinche. La traición es “dar a luz en tálamo legítimo” y luego llorar por su hija: “Y la voz de mi madre con lágrimas ¡con lágrimas! que decreta mi muerte7”. Sigue Beauvoir diciendo: “A veces trata de imponerle exactamente su propio destino: «Lo que ha sido bueno para mí, lo será también para ti; así me ha educado, compartirás mi suerte». (Beauvoir, 2015, pág. 673).
Y, como irónicamente muestra en “Lección de cosas” (298), si sigue los mandamientos para ser una buena mujer, esposa y madre (“ser buena”, “no ver y no juzgar lo que hacen”, “no abrir los labios para protestar”, “dar”, “recibir con ambas mejillas”, “perdonar” y, sobre todas las cosas, “obedecer”), obtendrá —si es paciente— su recompensa: “Y me senté a esperar medalla o el dulce” (299) o bien un príncipe azul: “me senté a aguardar el arribo del príncipe” (218).
A pesar de todos estos valores inculcados, que no la hacen feliz, Castellanos propone otra forma de ser y de vivir en pareja sin la subordinación matrimonial y maternal. En poemas como “Ajedrez” presenta su modelo como “equitativo en piezas, en valores, en posibilidad de movimientos” (282).
Recordatorio: maternidad
El fenómeno de la maternidad es entendido como un hecho biológico en el que interactúan ambos sexos, pero la reproducción social sana del individuo se entiende como responsabilidad exclusiva de la madre8y, como vimos, dicha responsabilidad es aprendida e inculcada de forma transgeneracional y cultural.
En la empresa literaria de Castellanos no hay rastros de la imagen idílica de maternidad. La crítica irónica de la maternidad como destino biológico se presenta en poemas como “Recordatorio”:
Hubo un intermediario entre mi cuerpo y yo,
un intérprete —Adán, que me dio el nombre
de mujer, que hoy ostento—
trazando en el espacio la figura
de un delta bifurcándose.
Ah, destino, destino.
He pagado el tributo de mi especie
pues di a la tierra, al mundo, esa criatura
en que se glorifica y se sustenta.
O en la honestidad que muestra en Mujer que sabe latín al desacralizar la imagen de la madre:
La maternidad no es, de ninguna manera, la vía rápida para la santificación. En un fenómeno que podemos regir a voluntad. Y sepamos, antes de tener los hijos, que no nos pertenecen y que no tenemos derecho a convertirlos en los chivos expiatorios de todas nuestras frustraciones y carencias sino la obligación de emanciparlos lo más pronto posible de nuestra tutela (Castellanos, 1979, pág. 40).
Castellanos se aleja del estado de gestación perfecto, en que la madre siempre está radiante, y habla con la verdad en la boca en “Se habla de Gabriel” (“Fea, enferma y aburrida/ lo sentía crecer a mis expensas”, 291). Más adelante, sus versos recuerdan las palabras de Beauvoir acerca del embarazo “como un enriquecimiento y una mutilación” (Beauvoir, 2015, pág. 648). En los versos de Castellanos:
Consentí. Y por la herida en que partió, por esa
hemorragia de su desprendimiento
se fue también lo último que tuve
de soledad, de yo mirando tras de un vidrio.
En “Pequeña crónica”, la voz lírica expresa cuando “un niño dice que sí, dice que no a la vida”. Esta mutilación abarca lo corpóreo y lo espacial tanto en el ámbito público como privado. Por esto, en el ambiente público, su hijo “un día se erigirá en juez inapelable/ y acaso, además, ejerza de verdugo” (289). Mientras que en el ambiente privado:
Como todos los huéspedes mi hijo estorbaba
ocupando un lugar que era mi lugar,
existiendo a deshora,
haciéndome partir en dos cada bocado.
En suma, el espacio privado no existe porque desaparece el día en que nace el hijo. Esta idea se refuerza en el poema “Valium 10”, donde la madre tiene que estar pendiente de las tareas del hogar (“la perfecta coordinación de múltiples programas”, 296) y los hijos (“porque el hijo mayor ya viste de etiqueta/ para ir de chambelán a un baile de quince años/ y el menor quiere ser futbolista y el de en medio/ tiene un póster del Che junto a su tocadiscos”, 297).
Esta situación de presión y estrés que desafía constantemente a la mujer y la empuja a ser un arquetipo de madre ejemplar le lleva a tomar pastillas para poder descansar. Según Palomar: “Uno de los efectos es que la maternidad, en tanto práctica irreflexiva, es también una práctica derivada de la presión normativa, o de la necesidad de sostener la “estabilidad de la costumbre” (Verea, 2004, pág. 21).
La búsqueda de otro modo de ser
Por lo expuesto anteriormente, Rosario Castellanos busca otra forma de ser mujer, esposa y madre y, al mismo tiempo, ser libre de todos los mandatos y las costumbres que corresponden a estos modelos inalcanzables e irreales. Se apela en su poema “Post scriptum” a modo de regaño y se dice:
Pero, por Dios ¿no tienes vergüenza del mendrugo
que masticas, día a día, tan trabajosamente? ¿No te sublevas contra esta tarea circular
de mula en torno de la noria? Al menos
exige que te pongan anteojeras
para no ver que estás siempre en el mismo sitio (300).
Encuentra la libertad a través del quehacer literario y de la búsqueda de su voz poética en las palabras correctas. Afirma en “Entrevista de Prensa”:
Escribo porque yo, un día, adolescente,
me incliné ante un espejo y no había nadie (293).
Una imagen de vacío que le hace sentir su amante en “Accidente”, “Pequeña crónica” y en “Desamor”:
Me vio como se mira a través un cristal
o del aire
o nada.
Y entonces supe: yo no estaba allí
ni en ninguna otra parte
ni había estado nunca ni estaría (284).
En “Narciso 70” nos cuenta que lee los periódicos solo para ver su nombre escrito en ellos y se da cuenta de que “existe” (294). En “Accidente” confiesa que no le tiene miedo al fuego que la está consumiendo, sino a una ampolla que le entorpece la mano con la que escribe (282).
Vemos, pues, que otro modo de ser posible existe gracias a la literatura. Como dice en “Autorretrato”:
Prefiero estar aquí, como ahora, leyendo
y, si apago la luz, pensando un rato
en musarañas y otros menesteres (290).
En definitiva, busca otra manera de enfrentarse a la realidad mediante la propia palabra, exacta, letal, “como lo es un guante envenenado” (293):
Debe haber otro modo que no se llame Safo
ni Mesalina ni María Egipciaca
ni Magdalena ni Clemencia Isaura.
Otro modo de ser humano y libre.
Otro modo de ser (316).
Conclusiones
Rosario Castellanos fue coherente con su discurso de emancipación femenina en todos los géneros que trabajó, desde el poético hasta el periodístico. Creo que su labor más memorable está en el cuestionamiento de una de las realidades más idealizadas y subjetivizadas que existen: la maternidad.
La autora es consciente del modelo de mujer heredado de la tradición judeocristiana. Así, en Mujer que sabe latín, describe:
La mujer fuerte, que aparece en las Sagradas Escrituras, lo es por su pureza prenupcial, por su fidelidad al marido, por su devoción a los hijos, por su laboriosidad en casa, por su cuidado y prudencia para administrar un patrimonio que ella no estaba capacitada para heredar y para poseer. Sus virtudes son la constancia, la lealtad, la paciencia, la castidad, la sumisión, la humildad, el recato, la abnegación, el espíritu de sacrificio, el regir todos sus actos por aquel precepto evangélico de que los últimos serán los primeros (22).
Rosario Castellanos reacciona ante ese modelo:
Cuídate de los altares. Jamás se te ocurra subirte a uno ni como hija modelo, ni como noviecita santa, ni como esposa abnegada ni muchísimo menos como madre mexicana. Abusada. Cumple con tus deberes y no aspires a recompensas imaginarias porque son un fraude, ni a recompensas reales porque son un sueño de opio (Castellanos, 1970).
Su forma de poetizar el yo literario cuestiona el modelo heredado y le proporciona una voz libre que dialoga con mujeres de su tiempo y de todos los tiempos para construir una imagen propia y autorretratarse.
Notas a pie de página
1 Este tema está presente en distintos artículos periodísticos que publicó Rosario Castellanos. V. gr. “Y las madres, ¿qué opinan?”.
2 A partir de esta mención solo enumeraré las páginas correspondientes a esta obra.
3 El recuerdo es un tópico persistente en sus poemas. Por ejemplo, en Acción de gracias: “mi madre repetía: la paciencia es metal que resplandece. Y yo recuerdo mientras pulo el cobre del utensilio siempre requerido. Y yo recuerdo mientras la franela le devuelve su brillo original…” (218); La nostalgia: “el recuerdo embellece lo que toca…” (285).
4 María Inés Zaldívar Ovalle señala que la obsesión por la limpieza está tipificada dentro de los trastornos obsesivos compulsivos (TOC) como “síndrome del ama de casa”. (Ovalle, 2015) En varios poemas de Castellanos vemos esta obsesión por la limpieza y el orden: Himno (“… y algún relámpago de medianoche para alumbrar el orden de mi casa”, 220); Acción de gracias (“Mi madre repetía… Ha muerto ya. Sus manos se cruzaron después de acabar la faena. Dejó su casa en orden como para la ausencia verdadera”, 218).
5¿Y tú? ¿No tienes nada que agradecerme? Lo has puntualizado con una solemnidad un poco pedante y con una precisión que acaso pretendía ser halagadora pero que me resultaba ofensiva: mi virginidad. Cuando la descubriste yo me sentí como el último dinosaurio en un planeta del que la especie había desaparecido. Ansiaba justificarme, explicar que si llegué hasta ti intacta no fue por virtud ni por orgullo ni por fealdad sino por apego a un estilo.
6 Una de estas críticas feministas fue Rosario Castellanos quien en Mujer que sabe latín habla de La Malinche: “Recordemos que en la primera pareja de nuestros antecesores la Malinche fue entregada como esclava a Cortés y que él la usó según sus conveniencias y sus apetitos. Intérprete, madre de sus hijos, e los momentos turbulentos de la conquista. Y después -para recompensar sus servicios y darle un rango dentro de la sociedad que estaba comenzando a integrarse- esposa de un soldado. (Castellanos, 1979, pág. 26)
7 Nótese el tono irónico que utiliza la autora.
8 La figura paterna está ausente en los poemas que tratan de la maternidad. Solo de manera irónica aparece en “Acción de gracias” para referirse a la reproducción del modelo paterno en sus dos hijos. Para todas estas ideas, cf. Mujer que sabe latín, pág. 21-40.
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