El tocador

 

                    El tocador

He de confesar que de chiquita no fui “una lectora voraz”, ni un “ratón de bibliotecas” y mucho menos formaba parte primordial de mi desarrollo intelectual el ser una “ávida lectora”. Todas esas locuciones eran ajenas para mí por distintas razones.

La primera es que para ser “un ratón de bibliotecas” debe existir, por lo menos, una biblioteca pública, la cual paulatinamente se convertiría en la madriguera donde devoraría plácidamente cientos y cientos de libros. Imagino que, poco a poco, empezaría a leer cada vez más y terminaría transformándome en una “ávida lectora”. La segunda razón es más bien una “circunstancia” que está relacionada con mi entorno familiar más cercano, es decir, mi tribu femenina: mami, tías y hermanas. Nadie leía en casa.

Es cierto que teníamos uno que otro libro, pero estaban intactos. Eran regalos tan valiosos que nunca fueron utilizados. Servían como parte de la decoración típica dominicana, su única finalidad era mantener las apariencias requeridas y elevar la buena reputación que debe tener un hogar de madres solteras cuyas hijas estudiaban en un colegio católico. Entre los ornamentos que habitaban de vez en cuando en la estantería o en el recibidor de la entrada estaba un manual de Cómo ser una buena mujer cristiana”, “El poder de la mujer que ora”, una que otra revista “Atalaya” y varias biblias editadas según el dogma: “Reina Valera”, “Traducción del Nuevo Mundo de las Santas Escrituras”, “Nuevo Testamento”, etc.

Gracias a Disney Channel conocí los cuentos clásicos europeos, también me familiaricé con la costumbre de dormir a los niños leyéndoles. Una vez le pedí a mi padrastro de ese entonces que me leyera un cuento para dormir, pero él no sabía leer, quiero decir, sí podía reproducir las palabras que veía en el texto, pero no era como en las películas de Disney y, por más que lo intentaba, yo no podía quedarme dormida atrapada por la dulce voz en off del narrador, quizás porque su acento no era un doblaje al castellano “estándar”, sino un acento dominicano sureño, con su alargamiento de la /r/ y el cambio de la “o” por la “u”.

 Varias noches me dormí pensando que, en vez de tener una madrastra malvada que me obligara a limpiar, yo tenía un padrastro que no leía y eso era mucho peor, porque limpiar limpiaba todos los días, hasta en las vacaciones del colegio. Fue más tarde cuando me enteré que para muchas niñas las “vacaciones” significaban viajar y no quedarse en casa ayudando con la limpieza, pero eso es otra historia.

También me gustaba imaginar cómo sería tener un abuelo que te sentara en sus piernas y te leyera cuentos, algo así como un Geppetto: un señor canoso, con la mirada sibila, pero tierna, que hablara lo justo, como los sabios; que utilizara camisetas de vestir de cuadros con un pantalón de tela sujetado a la cintura y unos mocasines resplandecientes. Trabajador ya jubilado con cierto poder adquisitivo para llevar a su nieta a las jugueterías de la ciudad y, los sábados por la tarde, a algún parque.

Pero la realidad es muy distinta al deseo y yo, en cambio, ni siquiera tenía un abuelo, tenía un viejevo, que es algo así como un abuelo que se resiste a cumplir su papel de señor sabio, sereno y cariñoso.

Don Julito Candelario, el 43, era mi abuelo. No leyó ni la esquela del periódico cuando su mujer murió. Él prefería bailar salsa, beber romo y jugar dominó. Solía apoyarme en sus pies y enseñarme a tirar pasos porque, sobre todas las cosas, una buena hembra tenía que saber bailar salsa.

Como decía, él era un viejevo que olía a Paco Rabanne, vestía con camisetas de Tupac o cualquier otro rapero. Una vez me contó que en su juventud se puso de moda el black is beautiful y se dejó el pelo afro como los negros americanos. De normal, solía llevar cadenas de calamina, de esas que halan rayos. Le gustaba tener una pelá caliente para reafirmar que la vejez es mental, la juventud se lleva en el espíritu. Entre sus pertenencias más valiosas, tenía una pasola con un grafiti que ponía “El 43” y un cuadro donde aparecían varios perros jugando dominó.

Julito pasaba horas preparando a sus gallos de pelea mientras hablaba de su preferencia por las mujeres jóvenes que olían a compota y su rotundo rechazo hacia las viejas culecas que hedían a medicamentos. Todo su mundo siempre me disgustó. Yo quería un abuelo que leyera cuentos, no uno que contara cuentos.

A veces miro al pasado e intento localizar los libros que me rodearon. Logro ver con claridad los ornamentales ocupando distintos espacios del hogar matriarcal.

Me concentro porque sé que hay más. De repente, de forma fugaz pasa un recuerdo por mi memoria. Creo vislumbrar algo: en la habitación principal, debajo del tocador que le regaló papá a mamá en un aniversario, había un neceser con candado que guardaba libritos gráficos. Parecían desterrados del espacio público y condenados a habitar el santuario femenino. 

¿Cuáles libros pueden mostrarse y cuáles se ocultan tras una muralla de maquillaje?

 Reformulo todo lo dicho anteriormente.  Digamos que las mujeres de mi familia sí eran ávidas a la lectura, tímidas y ocultas tras el tocador, pero al fin y al cabo ávidas. Ahora solo falta una biblioteca pública y, tal vez, pero no imprescindible, un abuelo que cuente cuentos.

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